La casa paterna

"...pues en mi infantil inocencia y desconocimiento del mundo yo tenía la creencia de que el hombre había sido creado para la mar (...) Afanosos para imitar las grandes cosas de los hombres, los chicos hacíamos también nuestras escuadras con pequeñas naves, rudamente talladas, a las que poníamos velas de papel o trapo, marinándolas con mucha decisión y seriedad en cualquier charco(...) Nuestras flotas se lazaban a tomar viento en océanos de tres varas de ancho; disparaban sus piezas de caña; se chocaban remedando sangrientos abordajes, en que se batía con gloria su imaginaria tripulación; cubríalas el humo, dejando ver las banderas, hechas con el primer trapo de color encontrado en los basureros, y en tanto nosotros bailábamos de regocijo en la costa..."
Benito Pérez Galdós (Trafalgar, Cap I)

Cosme Damián Churruca y Elorza nació un 27 de septiembre de 1761, apenas un mes después de que la Monarquía Hispánica renovara sus Pactos de Familia con los Borbones franceses entrando así en rumbo de colisión directa con Inglaterra.

Reinaba entonces Carlos III que había subido al trono el año 1759, el mismo en que el imperio americano francés en Canadá había quedado finiquitado en la batalla de las Praderas de Abraham, pasando a manos de la pujante Inglaterra. El fiel de la enorme balanza en delicado equilibrio que era la Europa del XVIII quedaba así demasiado inclinado a favor de Inglaterra.

La aparentemente inacabable sucesión de derrotas francesas decidió a Carlos III a entrar en guerra por motivos tanto más pragmáticos como de lealtad dinástica. A nadie interesaba que una potencia, fuera cual fuera, acumulase demasiado poder en sus manos y desde la óptica española, menos que ninguna, Inglaterra. La hegemonía inglesa era un peligro para Europa, pero tanto más para las posesiones ultramarinas hispanas.

Aunque de impecable lógica estratégica, no pudo ser una decisión menos oportuna. Durante el reinado de Fernando VI, las medidas ilustradas y la neutralidad habían dado algunos frutos, pero España distaba aún mucho de estar en posición de contestar el poder de Inglaterra. Dentro del año de la declaración de guerra La Habana, joya del Caribe español, y Manila, sin murallas y con 300 soldados para defenderla, habían caido en manos inglesas. España hubo de firmar una paz poco ventajosa, casi forzada por Francia, que buscaba a todo trance la paz.

Seguramente ajeno a estos acontecimientos, que sin embargo marcarían las dos grandes bisectrices de su vida, el enfrentamiento con Inglaterra y la necesidad de mejorar técnica y científicamente la Armada y el conocimiento del océano para poder defender el comercio y el imperio ultramarino, el pequeño Churruca creció entre las callejas de Mutriku en la costa gipuzkoana. Cuando su padre, Francisco de Churruca, escribano real, había trasladado la casa familiar a Mutriku, había elegido como residencia la casa de Garduzakua, pero al poco de nacer su tercer hijo se mudó la familia a la torre de Arrietakua.

La elección seguramente tendría sus motivos para el cabeza de familia, pero no deja de maravillar la asombrosa coincidencia. Aquel caserón de seis pisos, de estilo barroco y apariencia noble colgaba de sus muros las armas de Antonio de Gaztañeta (1656-1728). Almirante, constructor naval, jefe de astilleros del cantábrico y piloto que fue de la Carrera de Indias desde que tuvo uso de razón y habiendo muerto su padre en viaje tuvo él que hacerse cargo de rendir viaje de vuelta desde Veracruz a Pasajes. Fue en aquella casa que el lobo de mar autodidacta había mandado construir como reposo de sus últimos años (no llegaría a disfrutarla mucho, su precaria salud aconsejó su traslado a Madrid, donde moriría).

Entre los trofeos y recuerdos de una vida marinera, sus maquetas e instrumentos de aspecto mágico, sus libros de mar y de ciencia, (Gaztañeta fue el introductor en la península de las nuevas técnicas matemáticas de navegación de finales del XVII basadas en los nuevos horizontes científicos), transcurrió la infancia de Churruca en íntimo contacto con el mar. Si el linaje marinero de Gaztañeta se extinguió al morir su único hijo varón, también marino, sin descendencia y ordenadas religiosas sus dos hermanas, como por osmosis, el testigo pasó a aquel hijo de un escribano de tierra adentro que ahora ocupaba su casa solar.

Como hijo de su época, tercer varón de una familia hidalga, Cosme Damían no tenía muchas preocupaciones por su porvenir, porque este estaba ya prácticamente escrito. Su hermano mayor, Julián Baldomero, se haría cargo del mayorazgo quedándose en el solar paterno. Su siguiente hermano, Juan Pascual, estaba destinado a tomar los hábitos. Para él quedaba la milicia o la administración pública.

Viendo su cuna en Arrietakua, que aún se conserva, que imita con sus listones las cuadernas de un navío no puede evitarse la sensación de que Cosme hubiera estado predestinado a ser marino. Nacido en tierra de marinos, -era tradición que los marinos que tripularan la capitana del mar océano, el buque insignia, fueran gipuzcoanos escogidos entre las levas de la provincia cuyo reglamento había sido establecido por Gaztañeta en el mismo Mutriku-, criado en casa de marinos, rodeado toda su infancia de marinos… Sin embargo Cosme Damián no tomará en serio la idea de dedicarse profesionalmente a la mar hasta que estudiando con sus hermanos en el Seminario Conciliar de San Jerónimo en Burgos, lejos del mar de su infancia, traba amistad con un oficial de marina.

Por entonces, los 70 del XVIII, la Armada de los Borbones es imán de algunas de las mentes más lúcidas de su tiempo. La Armada establece requisitos de aptitud para acceder a ella y no sólo, que también, de linaje y posición. Además, como todas las armadas de todos los tiempos sus oropeles y glorias, el olor de aventura que destila, atrae a los jóvenes. Bajo Carlos III la Armada recibe el más vigoroso impulso de todo el siglo. Lejos de escarmentar por las derrotas el monarca ilustrado por excelencia se reafirma en la receta de su antecesor: quiere una Armada potente y eficaz; y pone los medios materiales y humanos para conseguirla. Sabe que solo una Armada potente podrá defender su imperio y asegurar la prosperidad de unos dominios con un océano en medio. La Armada, por primera vez en mucho tiempo no es el “hermano pobre” de otras ramas de la administración, sino la niña mimada.

Finalmente la amistad de este oficial de marina retirado y el salitre y la espuma que ha mamado desde la cuna deciden a Churruca a declinar los intentos del sacerdote encargado de su tutela por atraer al tercer hermano también al sacerdocio y pedir a su padre que le permitiera seguir la carrera de la mar y la ciencia.