Élite de una élite

No basta en absoluto con que un oficial naval sea capaz. Debe ser también un caballero de educación liberal, modales refinados, cortesía perfecta y el mayor sentido del honor personal.
John Paul Jones septiembre de 1775.

El imperio de los Borbones españoles tras la Guerra de Sucesión, a pesar haber perdido sus territorios europeos era todavía el mayor de su tiempo. En él, aún, no se ponía el sol, pero el hecho era que se trataba de un Imperio indefenso. Los Austrias habían fiado la defensa de sus posesiones americanas durante el XVI a las enormes distancias y la situación remota de muchas de sus posesiones y se había encontrado con corsarios ingleses y franceses actuando en zonas donde se había juzgado imposible llegar sin disponer de pilotos hispanos.

Hijos de una época más racional los Borbones adoptaron una estrategia más pragmática y efectiva. Las plazas fundamentales de la costa americana fueron dotadas de potentes fortificaciones de estilo europeo. Conscientes de que esto era sólo una parte de la solución Felipe V dirigió sus primeras reformas de "Nueva Planta" al Ejercito y a la Armada.

Hasta ese momento no existía una fuerza militar naval permanente. Según la necesidad las flotas se construían o peor, se movilizaban forzosamente entre las flotas de pesca y mercantes con el consiguiente perjuicio para esas actividades económicas. Aunque la corona pagaba bien una comarca o un propietario rara vez podía recuperarse con rapidez de un resultado adverso de una campaña que destruyera barcos que eran medios de vida antes que máquinas militares. Cuando terminaban las hostilidades la corona se deshacía del enorme gasto que significaba mantener una flota, devolviendo los barcos, o lo que quedaba de ellos, a sus propietarios, o simplemente dejaba pudrirse según la venalidad de ministros y válidos los que había construido a su costa... hasta que una nueva emergencia militar hiciera comenzar de nuevo todo el proceso.

Al no existir un cuerpo permanente tampoco existía una formación reglada, ni se acumulaba el conocimiento de forma sistemática. La navegación era arte antes que ciencia, y experiencia antes que oficio. Un piloto sabía lo que acumulaba durante su vida, y podía llegar a ser muy bueno, pero sus sucesores sólo aprendían lo que este les transmitía de viva voz. Los barcos de guerra, además, tenían un mando doble, por un lado un capitán "de mar", encargado de la maniobra y la navegación, y otro "de guerra" para las cuestiones militares, y que no siempre era un marino. Semejante bicefalia, obviamente, no ayudaba en la tesitura de un combate naval.

Así, Felipe V crea en 1714 la Real Armada. Un cuerpo permanente, con vocación de continuidad, y la misión de ocuparse de todo lo referente a la actividad naval: tripular los buques, pero también su diseño, construcción y mantenimiento y todas las ciencias anejas a la navegación. El oficial de marina que los Borbones buscan debe ser no sólo un navegante capaz, debe ser un caballero educado, militar y marino a la vez. Para formar al nuevo oficial "todoterreno" se crea en 1717 la Academia de Guardias Marinas en Cádiz, siendo una de las primeras de las grandes instituciones docentes que los Borbones establecerán en España en la primera mitad del XVIII para aumentar el nivel técnico y científico de las elites dirigentes civiles y militares.

La Academia de Guardia Marinas de Cadiz es en 1776 una institución consolidada y uno de los centros científicos punteros del país. Ese año, el mismo en que la Academia se desdobla para abrir centros gemelos en Ferrol y Cartagena, llega a Cádiz nuestro joven gipuzcoáno con cartas de recomendación de su padre para Francisco Bucarelli, a cuyas ordenes había servido en Italia, pidiéndole que le ampare durante su estancia como Guardia Marina en la Academia en la que acaba de sentar plaza. En un país atrasado donde la iglesia domina una educación universitaria anquilosada en teorías arcaicas y desfasadas por la gran revolución del XVII de Newton, Kepler, etc... los Borbones se encuentran sin embargo con la necesidad acuciante de contar con cuadros instruidos en los nuevos saberes científicos para su administración civil y sobre todo militar y naval. Por otra parte esos saberes, se verá a lo largo del siglo, pueden volverse peligrosos para el mantenimiento de una monarquía absoluta y un antiguo régimen estamental como es el de los Borbones españoles.

Este dilema es solucionado convirtiendo a los militares en los depositarios y practicantes de las nuevas ciencias. De ese modo se asegura por un lado el disponer de una reserva de talentos que puedan asesorar a la Corona en sus proyectos reformistas y modernizadores -así serán los ingenieros del Ejercito prácticamente los únicos proyectistas y responsables de las gran cantidad de obras públicas e infraestructuras que construyan los Borbones ilustrados-, y de otro que esos saberes "peligrosos" queden en manos de personas que por su procedencia noble no desarrollen inquietudes inoportunas y que debidamente recompensados por el poder con privilegios y beneficios, no tengan tentaciones reformistas distintas a las dictadas desde arriba.

El caso más paradigmático es el de la Real Armada, auténtica élite de la administración española del setecientos. Por su naturaleza, la construcción y operación de navíos, la Armada requiere inexcusablemente la aplicación de las últimas teorías científicas referentes a la astronomía, la matemática y la cartografía. Ciencias todas ellas desarrolladas por investigadores civiles en el resto de Europa pero que en España quedan "controladas" al ser confiadas a los oficiales de marina sin que durante todo el siglo se registren practicantes civiles dignos de recordarse.

Para atraer personal la Armada proporciona a hijos segundones de la nobleza una salida profesional muy interesante, con grandes expectativas, al menos en principio, de ascenso social. Desde un principio los Borbones buscan atraerse a la nobleza al ejercicio de las armas, ocupación muy mal considerada durante el periodo anterior y de la que los nobles peninsulares se han desentendido a lo largo del XVII. Para una sociedad estamental, se considera lógico que sea el estamento noble el encargado de tomar a su cargo el ejercicio de la milicia, recuperando así su función originaria.

La nobleza responde, dado que se le reservan las plazas de oficial a las que tienen muy difícil acceso las personas de otros estamentos y se les da el Fuero Militar, que les ampara y es en sí mismo un enorme privilegio que pone a militares de tropa y oficiales por encima de la sociedad. Poco a poco la milicia terrestre y naval se va convirtiendo en un estamento en sí mismo, separado de la sociedad físicamente en sus nuevos cuarteles permanentes, y por sus vistosos uniformes. Se crea por tanto una simbiosis perfecta entre la necesidad de la monarquía de cuadros dirigentes de confianza y bien formados y una nobleza segundona en busca de un porvenir. Una simbiosis de la que en lo referente al mar se beneficiará un buen número de vascos, especialmente guipuzcoanos, tradicionales marinos.

El Cuerpo de Guardia Marinas busca formar cuadros de mando para la flota a través de una doble estructura, militar, la Compañía de Guardia Marinas, y otra científica y académica, la Academia y el observatorio anexo obra de Jorge Juan, que son un centro docente e investigador en materias matemáticas y astronómicas sin nada que envidiar al resto de Europa. Cuentan con una biblioteca, un museo y una colección de instrumentos, incluido un cuarto de círculo mural obra de John Bird, artífice del círculo mural del famoso observatorio de Greenwich, que son por si mismos referencia en el continente.

Dentro de esa doble carrera el joven Churruca compagina su vida como cadete militar, con sus marchas, instrucción en orden cerrado o el manejo de los cañones en régimen de seminterno con clases teóricas en matemática, trigonometría, astronomía, balística, geometría, náutica, ingeniería naval y de fortificaciones... impartidas por figuras de reconocido prestigio como Vigon, Tofiño o Mazarredo y con el añadido de clases prácticas de esgrima y danza. Disciplinas obligatorias, consideradas imprescindibles para formar a un autentico caballero.

La relación con Mazarredo, alferez de la compañía entonces, y en el que Churruca identifica en sus cartas a un "paisano" y del que admira su capacidad y dedicación, le acompañará durante toda su carrera. El nepotismo y el patronazgo son condiciones indispensables para el éxito de una carrera militar en aquellos momentos tanto o más que el mérito y la capacidad. En ese sentido el joven Churruca cuenta con otros padrinos de importancia gracias a las relaciones de su padre: el gobernador de Cádiz, conde O'Reilly o el comandante de la Compañía, Francisco Javier Winthuysen, entre otros.

Churruca se hará buen merecedor del patronazgo de sus importantes protectores ya que destaca en una institución donde la educación se imparte al más alto nivel de su tiempo y con material de primera, Churruca y sus compañeros de promoción, por ejemplo, fueron de los primeros alumnos en poder instruirse con los cronómetros de longitud de Ferdinand Berthoud, recién adquiridos por el gobierno.

Le tocaron a Churruca unos años en que la introducción de nuevos métodos científicos, como el cálculo lunar o la generalización de relojes marinos obliga a imprimir un carácter aún más científico a la enseñanza en la Academia, reforzándose especialmente la enseñanza de las matemáticas, en las que el mutrikuarra sobresaldrá muy pronto. Y aún le quedó tiempo de divertirse, como le cuenta a su padre en sus cartas. Cádiz que era entonces una de las ciudades más cosmopolitas de España y Europa, nexo de unión del Mediterráneo y el Atlántico, de Europa, África y América.

Cuando Churruca obtenga su despacho de alférez de fragata en 1778 y se embarque en el navío San Vicente Ferrer, soplando ya de nuevo vientos de guerra, formará parte de la élite militar, social y científica de su tiempo. Un elitismo logrado no solo en base a la cuna como tantas otras cosas en el Antiguo Régimen estamental, sino al mérito, circunstancia esta que hará de Churruca y sus camaradas nombres a destacar en un siglo que sin ellos sería un desierto científico en la península.