En los confines del espacio conocido

En un mundo de GPS y satélites es difícil imaginar lo que suponía en los últimos años del XVIII hacerse a la mar y, de tener la suerte de seguir una derrota lo suficientemente concurrida para que tuviera una carta, comprobar generalmente con resultados poco agradables que esta era imprecisa, y que en general todo lo referente a la navegación era más experiencia que ciencia.

En el s.XVIII no había satelites ni ordenadores, pero había barcos de vela. Lo que hoy nos parece poco más que un capricho o un simple objeto bello pero poco práctico era hace 300 años la culminación de las realizaciones técnicas y técnológicas de la época.

Su factura y su operación requerían del empleo de las técnicas más sofisticadas del momento desde la transformación de la madera, el cánamo, el metal, técnicas de conservación de alimentos para su construcción y equipamiento hasta las matemáticas, el álgebra y la astronomía para su manejo. El navío de carga o de guerra de vela del s. XVIII era un producto tecnológico tan refinado y acabado como pudiera ser hoy un transbordador espacial. Igual que una nave espacial el navío de tres palos abría horizontes, unía mundos y extendía la hegemonía de Europa por los cuatro confines del orbe.

Si el navío era la nave, la analogía no queda completa si no pensamos en los capitanes y pilotos como en astronautas. Cosas que hoy damos por sentadas, como la forma de nuestro planeta, eran aún un misterio, y objeto de agria controversia entre los sabios a mediados del XVIII. Y aún la generación de Churruca tuvo suerte, apenas sus antecesores habían llegado a conclusiones definitivas sobre la forma del planeta, gracias, entre otras, a las expediciones de medición en las que había participado Jorge Juan, padre de la escuela de Cádiz tal y como la había conocido Churruca. Se estaban introduciendo nuevos instrumentos más precisos, y con la fabricación de cronómetros marinos fiables era posible finalmente calcular la longitud con exactitud.

Entre los marinos de ?caza y braza? y los ?científicos?, Churruca descollará pronto como de los segundos, por capacidad y por inclinación. Le bastan seis meses en Cádiz para aprobar la aritmetica, verdadero ?hueso? del programa docente gaditano ideado por Jorge Juan con toda la intención para preparar oficiales con solida formación matemática. Poco después, en marzo de 1777, Churruca es destinado a la nueva academia que se acaba de abrir en El Ferrol junto a otros 60 compañeros, en su mayoría vascos y de otras provincias cantábricas.

El Ferrol le permite vivir en un clima que le es más familiar y a una distancia menor de su casa, pero no se trata de una metrópoli cosmopolita, sino de una pequeña ciudad de provincias, volcada sobre su arsenal e instalaciones navales. El tono de la academía y la compañía también son distintos, más serios y graves. Churruca prosigue sus estudios a buen ritmo pero con un ojo puesto siempre en los insistentes rumores, preparativos y noticias referentes a la guerra que ya se adivina contra Inglaterra.

Llega el momento de graduarse, y Churruca recibe su despacho de alferez de fragata en agosto de 1778. Han sido 26 meses de academia y estudio. La guerra aún no ha estallado, pero se percibe inminente. A través de sociedades mercantiles ?la bilbaina casa Gardoqui, por ejemplo- Carlos III lleva ya meses proporcionando armas, abastos y dinero a los rebeldes americanos, Francia va más allá y está en guerra desde 1777, pero es que Francia ya no tiene colonias americanas a las que pueda temer un contagio.

La guerra, finalmente declarada en junio de 1779 entre muestras de júbilo popular y ofrecimientos de todo tipo por parte de ayuntamientos y particulares para sufragar sus gastos sorprende a Churruca haciendo sus primeros pinitos marineros a bordo del navío San Vicente Ferrer, se había embarcado en octubre de 1788, con el que parte hacia el Canal de la Mancha. Se está congregando allí una escuadra franco española con el proyecto de invadir Inglaterra y poner rápido fin a la guerra.

No podrá ser. Las malas condiciones meteorológicas y una inoportuna epidemia a bordo dan al traste con la operación. El joven Churruca, no obstante, tiene tiempo sobrado para percatarse de dos grandes males que perseguiran a su institución y que él sufrirá en vida, los atrasos en las pagas y la superioridad técnica de los navios enemigos. Estando de servicio en el canal informa a su padre de que los navios ingleses cuentan con forro de cobre en sus cascos, lo que les da una ventaja en velocidad sobre los sin forro. Comienza en el canal una interminable letanía de problemas técnicos, de organización y financieros que no abandonará la correspondencia de Churruca hasta su muerte.

Churruca, tomado como ayudante por el capitán, se enfrenta a bordo de este barco a un temporal de 8 días de duración en el que en más de una ocasión el barco se da por perdido, rotas las bombas. Aún le queda animo de vuelta en Ferrol para escribir a su padre que envidia a la escuadra de Langara, que por esas fechas se enfrenta a los ingleses, y que espera con impaciencia el día en que sea él el que combata con el enemigo y no con los elementos.

Del esforzado pero anodino servicio en la escuadra Churruca es llamado por Mazarredo para pasar como oficial a la fragata Santa Barbara. Esta fragata es la favorita de Mazarredo, que por entonces ocupa el cargo de mayor general de la Escuadra del Mar Oceano. Aúnque por ella pasan oficiales que Mazarredo considera especialmente dotados científica o intelectualmente, la manda Ignacio de Alava otro de los capitanes de Trafalgar, no deja de ser un navío de combate en tiempo de guerra, y así Churruca hace sus primeras armas en el sitio a Gibraltar.

No le falta ni preparación teórica, ni valor personal como demostrará en el rescate de naufragos bajo el fuego enemigo, pero ?como será triste constante durante los útlimos años del XVIII- Churruca pertenece a una Armada cuya suerte en el campo de batalla parece agotada. El sitio de Gibraltar, en el que tantas esperanzas y medios ha derrochado la monarquia hispana se salda con un sonoro fracaso al incendiarse accidentalmente las baterias flotantes especialmente diseñadas para la ocasión por D?Arzon.

Con todo la guerra termina con ventajas territoriales para España y una sonora derrota para Inglaterra. En 1783, concluida la paz Churruca desembarca por primera vez desde que dejara la academia. Tiene noticia entonces de la creación ese mismo año de un curso especializado en matematica y astronomía para los oficiales más destacados. Es el ?Curso de Estudios Mayores?, plasmación de las ideas ilustradas en la Armada y principal reducto de los marinos científicos, verdadera culminación del trabajo de Jorge Juan y Mazarredo. La plaza en estos cursos elitistas se otorga según criterios de mérito y capacidad. Churruca pide inmediatamente ingreso, pero no lo conseguirá, y podemos sospechar por intercesión de quien, hasta el año 1784 en que se incorpora, iniciado ya el curso al de Ferrol.

El retraso en el comienzo no impide a Churruca seguir el curso con notable aprovechamiento y aún destacar como alumno aventajado hasta el punto de merecer el puesto de profesor ayudante de su Compañía.

Comienza a cimentarse aquí la fama de Churruca como una de las eminencias científicas de la Armada de su tiempo. El curso le lleva 3 años hasta que en 1787 sale de él, y no tarda en recibir una comisión que inicia su vinculación a la rama más científica de la institución. Como parte de las reformas ilustradas, se está acometiendo una ingente labor de cartografiado de las rutas y posesiones ultramarinas, imprescindible para su explotación económica y para su defensa militar. En 1785 Antonio de Córdoba ya había comandado una expedición a la Patagonia, que ahora en 1788 va a rematar con dos paquebotes, Santa Eulalia y Santa Casilda, embarcando con él a dos de los productos más acabados del Curso de Estudios Mayores: Churruca y Ciriaco Ceballos.

Es un periplo duro a una de las zonas más inhospitas del planeta, pero ambos completan, a menudo de forma mutuamente complementaria, redundando en una mayor exactitud, una impresionante cantidad de datos hidrográficos y topográficos de la que sigue siendo una de las costas más indómitas de la tierra. Si en Gibraltar Churruca hace sus primeras armas, en el estrecho de Magallanes hace sus primeras ciencias, a pie de obra. Y si consiguió salir ileso del combate, la Patagonia reclama tributo de su salud. Churruca, a sus 27 años, pagó con una salud delicada que le perseguiría ya hasta la tumba el nombre como científico que se hizo en aquellos parajes. Queda allí para la posteridad una ensenada con el nombre de un oscuro teniente de navio... Puerto Churruca.

Desembarcado de una expedición científica en la Armada hay ya solo un destino posible para Churruca, el Observatorio de Cadiz, empeñado por esos años, como el resto de Europa, en la determinación más exacta de la longitud en alta mar. El Observatorio es el vivero de los oficiales científicos que pasan después a las diversas expediciones (Malaspina, etc...), en él Churruca se aplica a la recopilación meteorológica y a la observación astronómica durante un periodo demasiado a menudo cortado por necesarios permisos a su villa natal para tratar de recobrar una salud irremisiblemente deteriorada. En Zestoa toma las aguas, en su casa natal descansa, pero la Armada le reclama constantemente, el Observatorio sólo cuenta con 12 oficiales... las élites son reducidas por definición y en la penuria de una Armada que debe atender a su función militar primera no sobran tantos hombres como para ?desperciarlos? en cálculos y recogidas de datos. Los escogidos deben multiplicarse, aunque el fruto de sus sudores tarde en ver la luz, sus trabajos patagónicos no veran la luz hasta 4 años después de regresar, en 1793.

En junio de 1791 recibe una comisión especial. El propio Mazarredo le recibe en Madrid y le explica su destino. Una ambiciosa misión de cartografiado de las posesiones españolas, en realidad de todas las costas americanas desde Terranova hasta el Caribe. Dado el carácter eminentemente científico de la expedición su nombre ha sido elegido para comandar una de las dos divisiones de dos bergantines que la formaran, la práctica totalidad de los oficiales de la misma han pasado por el Curso de Estudios Mayores.

Parte inmediatamente para Cadiz a supervisar el alistamiento de sus dos buques, Descubridor y Vigilante, su primer mando, que se hacen a la vela a principios de junio de 1792. Si Mazarredo, autor del proyecto, había pensado en 6 años de expedición, las ?tribulaciones del siglo? introduciran cambios y retrasos forzosos a los que se une el particular clima y condiciones del Caribe con su temporada de huracanes y lluvias.

Churruca toca en Tobago desde la Canarias, y prosigue, dejando un rastro de mediciones, observaciones y acopio de datos hidrográficos y catográficos, siempre que lo permiten el tiempo, los estragos de las enfermedades, deserciones y el clima en la tripulación, hacia Trinidad. La puntilla es el estallido de las guerras contra la Francia Revolucionaria, uno de cuyos teatros va a ser las Antillas. Estándo en Puerto Rico, al que ha llegado de Trinidad, el Intendente Interino de la isla pretende reclutar sus barcos para contener las actividades de sus belicosos vecinos revolucionarios. Churruca, empero, se muestra inflexible: su misión es mucho más importante y los beneficios que de ella se puedan derivar con el sextante y el cronometro mucho mayores que los que puedan ganarse a cañonazos.

El ?clima? se enrarece y la expedición retorna a Trinidad, jugando al escondite con los barcos enemigos y fiando en la presencia de la Royal Navy su seguridad, donde le espera la orden de concluir los trabajos y regresar a España. Se ha decidido un relevo de los oficiales, que no llegará a producirse por causas administrativas y burocráticas. Así, dejándo los barcos atrás para reforzar la defensa de aquellas islas, Churruca y los supervivientes regresan a casa tras 3 años y cuatro meses de periplo. Le acompañan una mala salud y un auténtico tesoro en datos cartográficos, hidrográficos, meteorológicos y hasta etnográficos, ya que estándo en Trinidad Churruca se ocupa en redactar una descripción general de la isla. El resultado de semejante acopio sera una carta general de las Antillas y no menos de 10 planos y cartas esféricas de las islas del arco de las Antillas, desde Trinidad hasta Puerto Rico, sin descuidar las posesiones inglesas, holandesas y danesas en la zona.

Este tesoro que le ha costado la salud, está desgraciadamente destinado a pudrirse en un archivo. Dificultades de índole burocrático y económico hacen que sus planos languidezcan en el ministerio de Marina a la espera de la vuelta de la segunda división, del dinero para la impresión, de un cambio de ministerio... Churruca se consuela con el trabajo. En 1796 pasa a ser director del Deposito Hidrográfico de Madrid, donde se ocupa de calcular unos precios realistas para sus publicaciones con la idea de mejorar su difusión, luego va a Cadiz como fiscal en la causa contra los oficiales del combate de San Vicente, una derrota en la que se quieren depurar responsabilidades. Churruca consigue pronto librarse de tan ingrato servicio como es enjuciar a sus colegas, pero lo deja para ir a otro más desagradable si cabe.

Mazarredo ocupa el máximo puesto en la Marina y vuelve a pensar en él, esta vez para una misión de combate. La España que había empezado combatiendo a la Revolución se ve obligada a unirse a ella contra el poderío inglés. Se está preparando una escuadra para atacar a los ingleses que bloquean Cadiz, Mazarredo quiere a Churruca al mando de uno de sus navios, el Conquistador, de 74 cañones. A su mando, y con el rango de mayor de la escuadra, Churruca debe hacerse a la mar, pero no para combatir, sino para encerrarse, junto a las flotas combinadas de Francia, en la base naval francesa de Brest. La estrategía está en bancarrota, la marina francesa se está recuperando de las purgas revolucionarias, faltan los medios, faltan los hombres, falta la dirección...

Cercado en Brest Churruca tiene el destino más triste que se le pueda encomendar a un marino, mandar un barco que no puede navegar. La lucha contra el tedio y contra el deterioro que se va adueñando de los barcos, contra las atroces condiciones atmosféricas del puerto normando, humedad, frío... que poco a poco van socavando barcos y hombres, el propio Churruca, sufre un fuerte reuma y un acrecentamiento de sus anteriores achaques. Se consuela otra vez en el trabajo, en Trinidad ya le había cogido el gusanillo de poner por escrito sus observaciones con la descripción de la isla, ahora se aplica a la redacción de una ?Instrucción Militar para el navío Conquistador?, una mezcla de reglamento de comportamiento y protocolo de operación de su navío, que pretende ser extrapolable al de cualquier otro navio de la Real Armada. Sigue el ?Metodo Geométrico para determinar todas las inflexiones de la quilla de un buque quebrantado?, obra sobre construcción naval, género en que despuntara Gaztañeta, que verá la luz en 1804.

Quizás su mejor recuerdo de su estancia en Francia sea la licencia que obtiene para visitar Paris, donde radican el Depósito Hidrográfico, el Observatorio, la Academia... mecas del conocimiento científico de su tiempo en sus especialidades. Allí se entrevista con colegas franceses y recibe elogios por sus trabajos americanos que se han filtrado a través de la red de correspondencia entre los científicos ilustrados del XVIII. Finalmente es agasajado por el propio Napoleón, que le hace obsequio de un par de pistolas ricamente ornamentadas. Napoleón, es sabido, no era un hombre de ciencia.

Con la paz de 1802 Churruca puede al fin regresar a casa. Necesita desesperadamente recobrarse de las fatigas del clima bretón. Su trabajo en el Conquistador, ocupandose en sistematizar y racionalizar desde el manejo de la artillería hasta la disposición de los aparejos y los más nímios detalles de la vida a bordo hacen de él, un barco no especialmente sobresaliente, uno de los más eficaces de la escuadra. se verá recompensado, en la mejor tradición de la España decadente, con la entrega de este buque, con todos sus aparejos y en perfecto estado de funcionamiento, Churruca puede dar fé, a los aliados franceses. Churruca, que había zarpado al mando de un flamante navio de guerra, regresa a casa sin barcoy sin salud tras tres años de fatigas. No escatimará críticas y amargura por esta decisión, pero la balanza de la história se ha inclinado ya, no queda sino plegarse a los deseos del nuevo amo de Europa.

Pide y obtiene la licencia para ir a tomar las aguas a Zestoa, y descansar en su casa natal, en Mutriku. Su fama le precede, el cargo de alcalde de Mutriku, que ocupara su hermano, pasa a él durante unos meses. Churruca propone un plan de restructuración urbanística de Mutriku radical, ilustrado, racional, pasando el centro de gravedad del puerto al camino real, ordenando la construcción y poniendo la primera piedra de la actual iglesia parroquial de la Asunción, uno de los escasos templos neoclásicos de Gipuzkoa. Se preocupa por la situación sanitaria del pueblo, concentrándose en conseguir que cada vecino se haga cargo de la limpieza de las basuras acumuladas frente a su casa, y otras medidas de corte ilustrado que no siempre obtienen el reconocimiento, ni aún la colaboración de sus convecinos. Más trabajos, más imcomprensión, tampoco aquí obtiene Churruca recompensa a sus trabajos, para que se deje de tirar las basuras a las calles hay que recurrir a las multas. Las medidas dictadas con un espíritu ilustrado, pensando en mejorar la calidad de vida de la gente común, se ven como poco menos que la excentricidad de un iluminado...

Al menos en 1802 han podido ver la luz La Carta Esférica de las Antillas y Carta Geométrica de la isla de Puerto Rico, el primero de sus tres trabajos cartográficos a partir de lo recogido en la expedición a las Antillas. Siguen en 1804 La Carta Esférica de las Islas Caribes de Sotavento y en 1811, muerto ya, La Carta Esférica de los Canales entre las Islas de San Martín, San Bartolomé y Anguila.