Guerra inevitable y victoria imposible
Memorando de Almirantazgo a la Comisión de Defensa Imperial en 1902
La paz de Amiens fue inestable y casi se podría decir que nació muerta. Había sido una tregua para recuperar fuerzas al no haber podido ninguno de los contendientes obtener una victoria decisiva. Ni Napoleón ni Gran Bretaña lo veían como un arreglo estable para las cuestiones de Europa.
España se encuentra en medio de un dilema. Por un lado las ambiciones de Napoleón son infinitas, pero el poder de Francia en tierra es tan claro que un enfrentamiento directo sólo podría traer una rápida derrota e invasión de España. Godoy lo sabe. Pero sabe también que las ambiciones británicas en ultramar no son menos grandes y que su poderío en el mar es igual al francés en tierra. En cualquier caso España tendrá que aliarse con una potencia que ambiciona una parte de la monarquía hispánica pero no puede defender la que ambiciona el contrario. Pragmático, Godoy, teniendo que elegir entre las colonias y la metrópoli, elige la metrópoli. La alianza será con Francia, y la debilidad del ejército de tierra español garantiza que ante las demandas napoleónicas sólo cabe la aquiescencia.
Durante un breve lapso Godoy intenta comprar tiempo, apaciguando a Napoleón con dinero y barcos, entre ellos el Conquistador en cuyo alistamiento y mejora tanto ha invertido Churruca, que se le entregan a cambio de una neutralidad cada día más difícil. En el mar continúan los atropellos británicos sobre un comercio ultramarino que apenas comienza a recuperarse de los estragos de las guerras contra Inglaterra.
La Armada parece en mejor estado, existen buques, aunque falten también tripulaciones y aunque las deudas incurridas durante su construcción en el reinado anterior asfixian a la hacienda pública aún puede alinearse una fuerza capaz de defender, mal que bien, el Imperio, y en conjunción con la flota francesa, plantar cara a Inglaterra en el mar.
Cuando finalmente la guerra contra Inglaterra estalla a principios de 1805 Napoleón impone su plan estratégico. Va a invadir Inglaterra y zanjar la disputa definitivamente. Para ello necesita dominar el Canal de la Mancha. Realista, es consciente de que la superioridad material y de calidad de la Royal Navy sobre sus marinos es grande y en lugar de fantásticos esquemas para derrotarla en batalla, su plan sólo pide que sus barcos atraigan a los navíos británicos lejos del punto crítico del Canal durante un breve lapso de tiempo. Lo suficiente para que pueda cruzar. Una vez pie a tierra, su talento militar proveerá.
Es un plan de cierto sentido, en un gabinete, en París. Dadas las condiciones y los medios de la época está abocado al fracaso como acabará demostrándose. Napoleón no es marino, y nunca pretenderá serlo.
Quien sí lo es nuestro protagonista, que tras seis meses como alcalde de su ciudad natal entre bandos para fomentar la higiene de las calles y preocupaciones urbanísticas, con tiempo apenas para tomar las aguas en Cestona, es reclamado por la corte. El Rey quiere recibirle, la familia real le agasaja, hasta mantiene una charla sobre cuestiones de mar con el monarca.
Churruca desearía regresar a casa a reponerse, pero en cambio es destinado al Ferrol. De nuevo soplan vientos de guerra. Allí le espera el Principe de Asturias, navío de 112 cañones, uno de los más poderosos de la Armada en plenos trabajos de mejora y acondicionamiento. A su mando Churruca aplica todo el celo y la energía, y todo lo aprendido en Brest en la reforma del Conquistador, que le han dado fama de hombre capaz de poner en orden cualquier pecio y convertirlo en un navío de combate eficaz. El navío recibe fondos de cobre, se calafatea, y Churruca aplica todo su celo y pericia, además de científico Churruca sienta cátedra como técnico. Mejora de las condiciones marineras, de la habitabilidad y hasta de las dotaciones siguiendo las ideas de reforma y mejora de un hombre ilustrado distinguen su mando del Príncipe de Asturias, un navío navío cuyo buen desempeño en Trafalgar es atribuido por muchos contemporáneos a las mejoras efectuadas por el mutrikuarra.
Fruto de sus trabajos en el Príncipe es una obra eminentemente ilustrada, un manual de artillería naval "Instrucción de punterías en los bajeles del rey" que verá la luz el año de su muerte.
Del Principe pasa al Nepomuceno. Un barco más antiguo y de menor poder combativo pero en cuya mejora y puesta a punto Churruca se empeña, una vez más. En esas labores le sorprende la orden de marchar a Cadiz, la combinada está navegando ya camino a las Antillas, con la flota británica pisándole los talones. Churruca lleva al Nepomuceno a Cádiz a esperar acontecimientos.
Siguiendo el esquema napoleónico los navíos españoles zarpan junto a los franceses al mando de Villeneuve, un oficial gris, sin excesivos méritos. El mando español también prácticamente lo ha dictado Napoleón, se ha elegido a Gravina, un profesional de estrella ascendente en la corte, absolutamente obediente, nada sospechoso de francofobia, o aún de independencia de pensamiento, como otros candidatos, entre ellos Mazarredo.
La primera parte de la trampa funciona. La Royal Navy zarpa en persecución de la Combinada en un viaje de ida y vuelta a las Antillas. La travesía pone de manifiesto las dos grandes debilidades de la combinada. Los aliados no se entienden. Existe una profunda desconfianza entre franceses y españoles, a título personal y, más importante, a título profesional. Los franceses consideran a los españoles parientes pobres, los españoles desconfían de la poca mar y de la absoluta pasividad de Villeneuve. Por otro lado ambas flotas han sido organizadas apresuradamente, los franceses han tenido que embarcar grandes cantidades de tropa de tierra para llenar huecos, los españoles han tenido que recurrir a levas y otros expedientes de último recurso. Aunque los roles estén llenos la combinada dista de tener una marinería adiestrada. Se nota en la torpeza de maniobra de algunas naves, se notará en el manejo de la artillería durante el combate.
Aún así la combinada consigue sorprender a una fracción de la Royal Navy, mandada por Calder, frente a las costas gallegas en su viaje de vuelta. Se traba combate a la altura de Finisterre y a pesar de los titubeos de Villeneuve Gravina lleva a la división española al ataque sacando partido de la ventaja táctica y el superior número. A punto está de lograr una victoria de consecuencias incalculables, pero esta le es arrebatada por sus propios aliados que no acuden en su ayuda. Los españoles pierden dos navíos en la confusión que sigue al combate y lo que es peor, Villeneuve, horrorizado por el rasgo de independencia de su aliado, decreta que en lo sucesivo la combinada navegará y combatirá alternando en la línea un navío francés con uno español.
Si tenemos en cuenta que durante el XVIII incluso los barcos de una misma nación habían tenido problemas para comunicarse y concertar su acción en combate podemos imaginar sólo una pequeña parte de lo que esto significa cuando los barcos pertenecen a dos naciones distintas, con dos idiomas distintos y dos sistemas de señales distintos. A todos los efectos el mando independiente de Gravina acaba de terminar. La fléxibilidad táctica de la combinada también. En adelante será imposible para Villeneuve, incluso de haberlo querido, poder maniobrar una o varias partes de su escuadra independientemente durante el combate.
Por si esta colección de deficiencias fuera poco, al nivel ideológico los oficiales españoles se sienten mucho más cerca de sus enemigos que de sus aliados. Para ellos la alianza con Napoleón es puro cálculo y saben perfectamente que la alternativa es una invasión de su patria por una ideología que, como nobles y servidores de la Monarquía Absoluta, en su mayoría desprecian.
Así las cosas, entregándose ciegamente a un mal entendido sentido de la disciplina, atados de pies y manos, los navíos de la escuadra combinada zarpan del puerto de Cádiz rumbo al desastre de Trafalgar.






